viernes, 22 de febrero de 2013

La suerte, morocha?

      Caminando por una vereda soleada y cálida, silenciosa y agradable, la joven de pelo oscuro hacía el recorrido habitual al ir o al volver de su trabajo.
     Por la mañana temprano pocas cosas le llamaban la atención, pero a la tarde, al regresar de su oficina gris, siempre se encontraba con una mujer regordeta, escotada, y muy bien peinada, sentada en la puerta de su casa, a su lado un perro de policía echado, custodiando el chalet que habitaba, a medio terminar, sin una pared que separara el interior del exterior. Arriba se erguía un techo a dos aguas con una habitación en el ápice, probablemente la única cerrada de toda la casa.
    Aunque le daba mucho pudor mirar porque la mujer se podría dar cuenta que estaba espiando, la joven de pelo oscuro prefería espiar temprano cuando ella no estaba, y lo hacía sutilmente, aminorando levemente el paso al pasar por la vereda del chalet. No había ningún tipo de orden, ni de criterio arquitectónico, mobiliario o estilístico. Era más bien una especie de juntadero, depositario o almacén de cosas sin sentido, que a falta de la pared exterior que los contuviese, sobresalían impunemente ocupando varios metros del espacio destinado a los transeúntes, y nunca, pero nunca, estaban más de un día allí.
    La joven de pelo oscuro se preguntaba cómo harían para llenar y vaciar semejante casa todos los días. A veces había rieles de metal, de hierro o de acero, largos, larguísimos, que se apilaban unos encima de otros hasta pasar la altura de una persona. Otro día había cientos de bolsos abiertos con herramientas y partes de maquinarias pesadas, viejas y oxidadas. Pero lo más insólito que vio la joven de pelo oscuro fueron restos de un avión que insólitamente estaba despedazado y sobresaliendo hacia la calle como siempre. Ese día tuvo que bajar el cordón para poder continuar y hasta dudó en regresar por ahí mismo porque sintió un poco de temor al confirmar sus sospechas de que todo eso no podía ser algo lícito. Sin embargo las ochos horas frente a la computadora, más el almuerzo de rigor con sus compañeras la hicieron cambiar de opinión, y volvió, como todos los días, por la misma vereda soleada y cálida, silenciosa y agradable a más no poder, a esperar la invitación diaria que le hacía la gitana.
    Como siempre la saludaba sonriente, y casi sin mover los labios murmuraba la pregunta habitual, una invitación inequívoca a pasar al interior de ese lugar indescriptible y recibir consejos dudosos sobre qué hacer en el futuro, o certezas inventadas sobre cómo había sido su pasado. La gitana no mataba el tiempo ahí sentada, intentaba atrapar clientes, y la mujer de la oficina tenía pinta de ser una buena candidata.           
Mientras la patrona se acomodaba su larga falda de rosas amarillas y rojas, o violetas y turquesas, o marrones y fuccias, el plisado de la tela de desparramaba hasta tocarle los pies, y la joven de pelo oscuro miraba con discreción como tantas capa de gasa se enmarañaban una sobre otra creando una especie de paraíso sedoso, floreado y colorido. Esas estampas estridentes, ese planchado riguroso que marcaba las líneas verticales, esa cantidad de tela que formaba una faldón debajo de otro, esa trenza que se le escondía entre la unión de las tetas, esos aritos redondos dorados, esas zandalias con taco alto que sostenían los tobillos bastante hinchados, todo eso pasaba frente a sus ojos en cámara lenta. Porque, secretamente, desde chica, la joven de pelo oscuro sentía cierta fascinación por las gitanas y era todo su ropaje lo que la atraía inexplicablemente, mucho más que la mercadería de extraña procedencia y destino, que la casa a medio terminar, que el perro dormido que alzaba un párpado al verla.
    La tentación de entrar era muy grande y fue aumentando  a medida que la sonrisa del saludo entre ambas se hacía cada vez más familiar.  Pero un día la gitana no estuvo más, ni los fierros ni las partes de vehículos, ni los cables esparcidos por la vereda, ni los pedazos de cosas, ni las flores volátiles de la telas. Todo se esfumó durante la noche y nunca más esas dos mujeres se volvieron a cruzar.
   La joven morocha continuó con su trabajo diario, yendo y viniendo todos los días mientras la nueva obra en la casa gitana avanzaba prolijamente, y en lugar de restos incomprensibles, ahora debía sortear pilas de ladrillos y cemento, máquinas legales que manejaban operarios temporales. Fue en eso período de tiempo en el que se vio obligada a cruzar la calle al pasar por allí, porque las obscenidades que le gritaban los albañiles distaban mucho de aquella otra invitación suave y tentadora que le hacía la gitana cuando le ofrecía leerle la suerte, todos los días al volver de su oficina gris.