lunes, 5 de agosto de 2013

BAJANDO

    “De Esmeralda al norte, pa’l lao de Retiro” venía deambulando una tarde de lluvia y frío, sin percatarme que lo hacía por el medio de la calle y que no pasaba ningún auto. Caminando por esas calles eternamente grises pensaba en la letra de Contursi y en cómo yo estaba haciendo el trayecto inverso al mencionado tango. Los pasos coordinados y la garúa constante me llevaban hacia Corrientes y Esmeralda donde me esperaba otro paisaje igualmente gris y húmedo.
    Pero aún restaban unas cuantas cuadras, y aunque las gotas me rebotaban en los hombros, volver a mirar el centro después de tanto tiempo, era un privilegio para mí.
    Hacía mucho que no caminaba por una de las calles más interesantes que tiene esta ciudad. Las mismas que transitaba un escritor ciego con su bastón en mano y que lo llevaban a solearse en la Plaza San Martín.
    Los canteros y los escalones torcidos de esa plaza histórica ya me habían visto pasar, y ahora seguía (inversamente a Borges, inversamente al tango) mi camino hacia el centro. Al llegar a la intersección con la calle Paraguay me fui deteniendo para deleitarme con la esquina de los sombreros. Aquel negocio en ochava que en sus cuatro vidrieras verticales exhibía los tesoros más hermosos para mí. Capelinas de rafia, guantes de raso, moños de gasa, flores de percal, tocados brillantes, pañuelos sedosos, y perlas glamorosas, un sinfín de objetos que tornaban la hostilidad habitual del centro en un paraíso volátil y etéreo, casi mágico.
    La esquina estaba ahí pero el local no estaba igual. Tuve que adelantarme a unos extranjeros que parloteaban en portugués para ver las vidrieras de los sombreros que estaban vacías y abandonadas. No había cartel de liquidación, ni de nos vamos, ni de cerrado por reformas, ni de venta o alquiler. Pero el negocio estaba completamente abandonado. Un tipo de aspecto sospechoso estaba parado cerca de esas vidrieras que antes exhibían lujo y delicadeza.
    A primera vista aquel hombre parecía punga, típico personaje de la porteñidad que deambula por esas zonas, pero al acercarme me di cuenta que era un cana de civil. Tenía la mirada clavada en algún punto, no parecía preocuparle nada ni nadie, estaba alerta, pero no se hacía el disimulado. Policía, sin dudas.
    Ni le importó que yo me detuviera a mirar los espacios vacíos que antes atesoraban mis más deseados objetos. Tampoco pareció afectarle el hecho de que yo sacara mi celular para llevarme una foto de esa ausencia que tanto me afectaba.
    Aproveché esos instantes para tratar de entender qué pasaba. Pero no se percibía nada en particular. Gente pasando, autos tocando bocina, el semáforo sin funcionar, nada raro por esas calles, en una mañana otoñal.
    Mientras miraba el resultado de la instantánea digital aproveché para profundizar un poco en mi curiosidad urbana. Fue entonces cuando como un rayo fulminante logré dibujar en mi mente el mapa de esa intersección tan particular y los eventos que allí ocurren día y noche. En la vereda de enfrente, a pocos metros de donde me encontraba había una fachada negra con una puerta muy angosta también negra, sin picaporte, ni timbre. Siguiendo con la vista hacia arriba, por la pared también oscura se erguía un cartel con letras principescas que enhebraban certeramente la palabra “Hook”. Una vereda de por medio, pasando una persiana metálica arrumbada por el desuso, había otro local similar aunque con un nombre mucho menos festivo pero igual de preciso. “Chicas bailable” se leía desde la esquina.
    No se por qué supuse aquel hombre atento parado en el local fantasmagórico de los sombreros estaba esperando que algo pase en alguno de esos dos puteríos. O también cabía la posibilidad de estuviera custodiando los departamentos de servicios privados que se yerguen altivos, señoriales y desfachatados en la calle Paraguay.
Sea como fuere, los escasos segundos que alguien le puede dedicar a entender situaciones como aquella se me estaban agotando y decidí seguir rumbo al sur, hacia Corrientes, hacia donde dice el tango.
    Lo que me quedaba de recorrido lo hice pensando en cómo había cambiado el centro desde la última vez que anduve por ahí.

    Ahora la calle Esmeralda es peatonal en un tramo importante de su trayectoria y eso es muy beneficioso para transeúntes como yo, que no sólo miran sus pies y que levantan la vista para inmiscuirse fugazmente en asuntos ajenos. También es muy útil para los forasteros que llegan con abultadas billeteras a llevarse prodigios de nuestra cultura, y también lo es para las señoritas que trabajan a deshora por esa zona de esta ciudad tan opaca, tan turística y tan prostibularia.

sábado, 25 de mayo de 2013

RITUAL

Dos anacrónicos sujetos caminan todos los sábados a la mañana por Chacarita. Van juntos, o vienen, hablando serenamente y como si se conocieran de toda la vida. Sexagenarios ambos visten de manera muy llamativa en este barrio donde todos se caracterizan por no llamar la atención.
Probablemente sea yo quien más sorprenda por esta cuadra, un sábado cerca del mediodía cuando salgo a pasear a la perra con el pelo revuelto y un pantalón roto. Caminando con mis cicatrices textiles sobre un jean gastado e irreversiblemente arruinado intento no ser tironeada por la correa del cuadrúpedo mientras me cruzo con estos dos tipos, semana tras semana.
Y siempre aparecen, dando vuelta la esquina o cruzándonos de frente, todos los sábados observo a este par de amigos cajetillas y no puedo dejar de pensar a dónde van o de dónde vienen así vestidos.
Ninguno usa traje, quizás lo consideren demasiado formal, pero ambos llevan pantalón pinzado de sarga, camisa, saco escocés a contra tono, y un pañuelo bastante notorio. Lejos de ser sobrios o elegantes son dos mamarrachos errantes que no pasan desapercibidos más aún por el hecho de ir de a dos. Todos los porteros de la cuadra murmuran al verlos pasar, al igual que los dueños de los comercios que siempre están en la vereda. Si mi perra me escuchara yo también comentaría algo. Una cosa es segura, (y eso lo sabemos todos los vecinos) no son de acá, y sólo se dejan ver los sábados cuando la mañana está terminando.
Continúo mi camino canino y llego al gran parque desierto, todavía a esa hora mucha gente trabaja y recién la plaza se llena de vida por la tarde. Por eso es el horario ideal para ir con una perra que corre a sus anchas como si estuviera en el campo. Los pocos transeúntes que la visitan a esa hora son otros dueños de perro a quienes saludo de lejos y algún que otro policía que manda mensajitos por el celular. En algún momento, en medio de la soledad de un parque demasiado grande para tan pocas personas, diviso a la joven viuda con su tres hijitos. Desde Jorge Newbery se acerca caminando con sus hijos tomados de las manos, todos serios y sin hablar. Ella lleva un ramo de flores muy sencillo, y al pasar junto a ellos, me vuelvo a enfrentar, como hace siete días, con el dolor de una familia que quedó quebrada muy pronto. No sé cuanto tiempo más repitan ese paseo que los conduce directamente a la entrada del cementerio donde buscarán la tumba del marido y padre fallecido prematuramente, y me pregunto (cada vez que los veo) si los chicos seguirán acompañándola por siempre en ese paseo de los sábados. Pero sin duda pienso que del único lugar al que pueden ir los dos viejos ridículos es a la necrópolis que corona esta parte de la ciudad, y que por haber dejado atrás aquel momento de congoja y sufrimiento frente a los restos de algún amigo muerto, estos dos tipos juntos van tan sonrientes, felices y altaneros sin importarles nada más.


viernes, 22 de febrero de 2013

La suerte, morocha?

      Caminando por una vereda soleada y cálida, silenciosa y agradable, la joven de pelo oscuro hacía el recorrido habitual al ir o al volver de su trabajo.
     Por la mañana temprano pocas cosas le llamaban la atención, pero a la tarde, al regresar de su oficina gris, siempre se encontraba con una mujer regordeta, escotada, y muy bien peinada, sentada en la puerta de su casa, a su lado un perro de policía echado, custodiando el chalet que habitaba, a medio terminar, sin una pared que separara el interior del exterior. Arriba se erguía un techo a dos aguas con una habitación en el ápice, probablemente la única cerrada de toda la casa.
    Aunque le daba mucho pudor mirar porque la mujer se podría dar cuenta que estaba espiando, la joven de pelo oscuro prefería espiar temprano cuando ella no estaba, y lo hacía sutilmente, aminorando levemente el paso al pasar por la vereda del chalet. No había ningún tipo de orden, ni de criterio arquitectónico, mobiliario o estilístico. Era más bien una especie de juntadero, depositario o almacén de cosas sin sentido, que a falta de la pared exterior que los contuviese, sobresalían impunemente ocupando varios metros del espacio destinado a los transeúntes, y nunca, pero nunca, estaban más de un día allí.
    La joven de pelo oscuro se preguntaba cómo harían para llenar y vaciar semejante casa todos los días. A veces había rieles de metal, de hierro o de acero, largos, larguísimos, que se apilaban unos encima de otros hasta pasar la altura de una persona. Otro día había cientos de bolsos abiertos con herramientas y partes de maquinarias pesadas, viejas y oxidadas. Pero lo más insólito que vio la joven de pelo oscuro fueron restos de un avión que insólitamente estaba despedazado y sobresaliendo hacia la calle como siempre. Ese día tuvo que bajar el cordón para poder continuar y hasta dudó en regresar por ahí mismo porque sintió un poco de temor al confirmar sus sospechas de que todo eso no podía ser algo lícito. Sin embargo las ochos horas frente a la computadora, más el almuerzo de rigor con sus compañeras la hicieron cambiar de opinión, y volvió, como todos los días, por la misma vereda soleada y cálida, silenciosa y agradable a más no poder, a esperar la invitación diaria que le hacía la gitana.
    Como siempre la saludaba sonriente, y casi sin mover los labios murmuraba la pregunta habitual, una invitación inequívoca a pasar al interior de ese lugar indescriptible y recibir consejos dudosos sobre qué hacer en el futuro, o certezas inventadas sobre cómo había sido su pasado. La gitana no mataba el tiempo ahí sentada, intentaba atrapar clientes, y la mujer de la oficina tenía pinta de ser una buena candidata.           
Mientras la patrona se acomodaba su larga falda de rosas amarillas y rojas, o violetas y turquesas, o marrones y fuccias, el plisado de la tela de desparramaba hasta tocarle los pies, y la joven de pelo oscuro miraba con discreción como tantas capa de gasa se enmarañaban una sobre otra creando una especie de paraíso sedoso, floreado y colorido. Esas estampas estridentes, ese planchado riguroso que marcaba las líneas verticales, esa cantidad de tela que formaba una faldón debajo de otro, esa trenza que se le escondía entre la unión de las tetas, esos aritos redondos dorados, esas zandalias con taco alto que sostenían los tobillos bastante hinchados, todo eso pasaba frente a sus ojos en cámara lenta. Porque, secretamente, desde chica, la joven de pelo oscuro sentía cierta fascinación por las gitanas y era todo su ropaje lo que la atraía inexplicablemente, mucho más que la mercadería de extraña procedencia y destino, que la casa a medio terminar, que el perro dormido que alzaba un párpado al verla.
    La tentación de entrar era muy grande y fue aumentando  a medida que la sonrisa del saludo entre ambas se hacía cada vez más familiar.  Pero un día la gitana no estuvo más, ni los fierros ni las partes de vehículos, ni los cables esparcidos por la vereda, ni los pedazos de cosas, ni las flores volátiles de la telas. Todo se esfumó durante la noche y nunca más esas dos mujeres se volvieron a cruzar.
   La joven morocha continuó con su trabajo diario, yendo y viniendo todos los días mientras la nueva obra en la casa gitana avanzaba prolijamente, y en lugar de restos incomprensibles, ahora debía sortear pilas de ladrillos y cemento, máquinas legales que manejaban operarios temporales. Fue en eso período de tiempo en el que se vio obligada a cruzar la calle al pasar por allí, porque las obscenidades que le gritaban los albañiles distaban mucho de aquella otra invitación suave y tentadora que le hacía la gitana cuando le ofrecía leerle la suerte, todos los días al volver de su oficina gris.

viernes, 11 de enero de 2013

Confesión de verano



      Escribo por otros escritores que me hicieron ver que podía escribir. Sin ser demasiado letrada cada tanto hurgo en las librerías en busca de algo interesante y una tarde de aburrimiento me topé con un tal Roberto.
      Fue así como vi por primera vez un libro de Bolaño, o podría decir de forma más poética que él me vio a mí, que me miraba fijamente a través de la imagen enigmática de la tapa que mostraba a un viejo barbudo en blanco y negro sobresaliendo de un fondo amarillo clarito, bajo el maravilloso y sugerente título de “El gaucho insufrible” y otros cuentos.
      Mis felicitaciones al diseñador de Alfaguara llegaron directamente a través del ticket electrónico que confirmaba la compra, aún cuando había hojeado el libro y el segundo y el tercer cuento no me parecían muy buenos. Entonces pensé: si acá hay un cuento bueno (el primero) y el resto es relleno, no puede ser tan difícil. Ese cuento era muy bueno, demasiado bueno, sin embargo no era Borges. Nada es Borges, ni lo va a ser nunca, pensé.
      ¿Y sería posible acaso que yo escriba un cuento así, como el de Bolaño? Y resultó que no, que yo no podía escribir un cuento como Bolaño, porque yo no me llamo Roberto, ni soy chilena, ni soy hombre, ni tengo la vida itinerante y abrumadora que tuvo dicho escritor.
       Pero la idea de que era posible escribir me quedó dando vueltas mientras aparecían mis primeros cuentos, todos inmostrables.
       Seguí leyendo bastante (porque es lo único que garantiza que alguien sea escritor) y me empezó a aburrir la moda Bolaño, la edición compulsiva de escritos suyos, que por su temprana y absurda muerte, no pudo corregir o simplemente desechar. Borges si pudo hacerlo por su longevidad envidiable, y ahí encontré otra de las claves para escribir: tener una obra, escribir mucho, ordenar, reescribir, cambiar, re estructurar. También mostrarlo, con pudor o con orgullo, en algún momento lo que uno hace tiene que ser expuesto, juzgado, criticado, rechazado. Todo eso pasó cuando empecé con los talleres y leía mis cuentos. También pasaba que todos se quedaban en silencio un largo rato antes de emitir una opinión, y eso era un indicio bueno para mí, los dejaba sin palabras.
      Ya ahí no sólo tenía bastantes cuentos sino que había encontrado el argumento para una novela (próxima a ser escrita) que salió de una idea frustrada de un proyecto documental.
       Y un día apareció Aurora Venturini, con una historia de vida también difícil de imitar, pero con una obra única, emotiva, vibrante, y con muchos otros atributos que Bolaño no tiene (Borges menos), y que me sedujeron enormemente a partir de su premiada novela “Las primas”. Tardé muchos años en darme cuenta que escribo gracias a ella (de hecho me di cuenta ayer) que me mostró que se puede hacer una literatura de recuerdos ríspidos, de risas trabadas, de gestos amargos, que el mundo que construye un escritor no tiene por qué ser vivido pero sí propio.
      Así que a estos dos escritores tan antagonistas, tan lejanos entre sí, tan disímiles, les agradezco abrirme las puertas de las letras.
      También le agradezco a Borges que es el escritor en el cual se encuentran todos los escritores y que nos abofetea a cada párrafo, inspirándonos a seguir haciendo lo que más le gusta hacer a un escritor: leer.

jueves, 10 de enero de 2013

Olor a kerosén



Muy de tanto en tanto, mi mamá, mi hermana y yo, nos desviábamos al volver de la escuela para ir a lo Nino, el zapatero. La visita era obligada y eso le daba cierto fastidio al asunto. Mi hermana odiaba ir, porque ella no tenía nada que hacer excepto molestar, y yo era la víctima de toda la cuestión, la que tenía un defecto que sólo Nino, el zapatero, podía solucionar.
Entrábamos al local atravesando las puertas metálicas que hacían sonar los tubitos metálicos anunciado gente y entonces aparecía Nino, el zapatero, con su delantal raído y sus rulos enmarañados. Mientras se saludaban escuetamente yo me acomodaba en el banco contra la pared y esperaba desolada para probarme los zapatos. La semana anterior ya me habían tomado la medida del pie con una horma de madera, entonces sólo restaba que me calce el detestable mocasín marrón.
El negocio de Nino, era una zapatería para hombres grandes que sólo hacía mocasines negros o marrones. Unos con hebillas de bronce en el frente, y otros con una tirita de flecos. Había algunos modelos de vestir, pero no siempre estaban en la vidriera, sólo los mocasines gozaban de ese privilegio.
Para mí no era motivo de orgullo lucir esos zapatos que se veían tan estúpidos en las vitrinas y mucho peor en mis pies. Pero como ya dije antes, era una obligación, no un placer.
Tener una pierna más corta que la otra era un mal hereditario que afectaba a mi abuela, a mi mamá y a mí.  Mi hermana había queda exenta de este problema en los huesos, y yo la odiaba por eso, pero a ella le habían tocado otros genes más enrevesados,  esos que afectan al carácter y que no se arreglan con ningún mocasín.
Al momento de probarme el primer zapato hacía fuerza para tratar de achicar mi pie, porque ya sabía que al principio apretaba. Para ablandar el cuero endurecido Nino usaba un mechero que tenía una llama alta y azulada, y que despedía un olor muy particular, una mezcla de combustible con cuero teñido, profundo y perturbador. Cuando Nino pasaba el interior del zapato por el fuego, el olor aumentaba y el miedo de que algún día me iba a quemar los pies me atormentaba secretamente.
Después venía el segundo zapato, el más difícil, el que tenía el suplemento. Ese era el nombre que mi mamá le había puesto a mi defecto, un suplemento. Los zapatos parecían iguales, los dos tenían el mismo lustre y la misma herradura de bronce marrón en la capellada, pero el izquierdo tenía el taco un poco más alto, unos centímetros apenas notorios, pero que aumentaban a varios metros cada vez que mi mamá hablaba del tema.
Esos mocasines sobrios y nefastos eran los únicos zapatos que me compraban una vez al año. Si hubieran podido impedir el crecimiento de mis pies para ahorrarse un par de zapatos, lo hubieran hecho, porque siempre me exigían que los cuidara como si fueran de oro.
Tal era mi estropicio en los huesos, que si no los usaba todo el día iba a quedar peor, por eso los días de gimnasia en la escuela yo llevaba las zapatillas en una bolsa y me las  cambiaba en el recreo al empezar y terminar la actividad física para la cual los mocasines de Nino eran totalmente inútiles. Lo más molesto de todo era la atrocidad visual que se generaba entre el pantalón azul deportivo y el calzado marrón reparador, y que yo, con muy pocos años podía detectar a simple vista.
Un día todo cambió. No acepté más ir a lo de Nino, me importó un bledo el defecto, y compré unas chatitas de cuero crudo en una feria hippie, que combinadas con medias tejidas de colores y una pollera corta de jean, me convirtieron en el cisne altivo y desafiante que dejaba atrás para siempre al pato feo del cuento. 
A los esos primeros zapatos de mujer se le fueron agregando los tacos altos, las zapatillas estrambóticas, las hawaianas y todo un mundo a mis pies. Mientras iba sumando más calzado a mi propio antojo, el enjambre de gritos maternos se fue transformando en un leve murmullo, en un mascullar lejano que dejé de oír el día que cumplí quince años y metí los pies en un par de zapatos idénticos.

miércoles, 9 de enero de 2013

Angustia y sudor


     Entre exhalación y exhalación Susana le contó a Gisela algo que le cortó el aliento en pleno ejercicio. La hija de Lilian, la morocha de rulos que siempre se pone por el medio, estaba perdida y no se sabía nada de ella desde hacía dos días.
     La angustia en el rostro de Gisela fue suficiente para que juntaran las colchonetas y aclarasen un poco la situación.
- Parece que no volvió a la casa de la escuela y la vieron con un tipo grande-
- Un novio que conoció chateando. ¿Vos te imaginás? Con las cosas que pasan … yo ya pienso lo peor. Y en este barrio, ¿lo podés creer?

El salón del gimnasio tenía los tablones de madera descascarados y arruinados. Y sobre ese suelo marchito ejercitaban sus cuerpos poco turgentes, y pasaban buenos ratos en los que no faltaban los chistes verdes en los momentos más difíciles del ejercicio, generalmente los trabajos abdominales donde todas suplicaban a coro para terminar de una vez.
Ninguna se imaginó que una tarde todo eso iba a truncarse, tanta camaradería pasajera se iba a teñir de gris oscuro y como si fuera poco, con un estrujo en el estómago.
Era notorio que la profesora también lo sabía, (y un poco apiadada por tanta desazón)  apenas si decía “vamos vamos “, en lugar de los gritos a los que las tenía acostumbradas.
Hoy nadie se quejaba por la secuencia de glúteos que solía dejarlas a todas entumecidas. Hoy estaban preocupadas por la hija de Lilian, y todas pensaban en sus propias hijas, sobrinas, primas. Incluso algunas se recordaban a sí mismas en la pubertad siendo manoseadas por un pasajero del colectivo, asustadas por un tipo que caminaba por la misma vereda, amenazadas por los borrachos de la esquina al volver de la escuela, acosadas a cada paso, sólo por estar en la dudosa y espantosa edad en la que la infancia se termina para siempre.
Extrañamente el relato que Susana estaba tratando de hilar, empezó a cambiar de tono. No se sabía muy bien la edad de la nena, podían ser 12 o 14 años, y estaba a cargo de Lilian hasta que le salieran los papeles de la adopción. Hacía dos años que estaba con ella y siempre fue difícil la educación, ponerle límites, enseñarle, integrarla. La chica estaba en séptimo grado y ya había tardado en volver otras veces, pero esto era diferente.
Entre un cuádriceps contraído y el otro, quedó en claro que Lilian siempre se había esforzado en contenerla, pero la nena siempre se rebelaba y hasta la desafiaba.
-Pero entonces ¿se fue por su propia voluntad? preguntó Gisela con pudor.
-Todo indica que sí- contestó Susana con aplomo.

Al otro día la foto de la nena estaba en todos los comercios, en todos los diarios, y en todos los noticieros, reafirmando que no había sido un rumor, que no había malos entendidos, cada dato anunciado coincidía con lo que había dicho Susana.
En el kiosco de la esquina había una fotocopia a todo color con la cara de la chica. Miraba a la cámara sonriente, con esa típica actitud de desparpajo y vergüenza que tienen todas las adolescentes tempranas.  

       En un almacén silencioso y poco concurrido,  la hija de Lilian entró a comprar algunas cosas como si nada hubiera ocurrido. El comerciante nervioso pero decido,  llamó a la policía cuando terminó de cobrarle. Rápidamente le avisaron a  la madre y la llevaron corriendo a la fiscalía. Entre reproches, gritos de euforia, angustia, alegría y mucho enojo, finalmente se abrazaron las dos.

La clase de gimnasia a los pocos días volvió a ser la de siempre, y hasta Lilian volvió a sonreír, a pesar que la chica había expresado su voluntad de volver al hogar de menores. Ella estaba bien, decía Lilian,  y el relato se terminaba ahí, como si ninguna quisiera preguntar qué le había pasado realmente. Mientras tramitaran la reinserción en  el internado,  la familia estaba siendo contenida por psicólogos, asistentes sociales y educadores que empezaban a hacer su trabajo de reparación tardía.
Las mujeres volvieron a respirar pausadamente y de a poco volvieron los gritos y las quejas por los dolores al compás de la música frenética. A los pocos días se les borraron la incertidumbre y el temor, y volvió ese sentimiento de alegría pasajera, de bienestar común,  en el que las risas estruendosas  acompañaban las caderas torpes en una coreografía absurda que ninguna ellas podía realizar con gracia o armonía.