viernes, 11 de enero de 2013

Confesión de verano



      Escribo por otros escritores que me hicieron ver que podía escribir. Sin ser demasiado letrada cada tanto hurgo en las librerías en busca de algo interesante y una tarde de aburrimiento me topé con un tal Roberto.
      Fue así como vi por primera vez un libro de Bolaño, o podría decir de forma más poética que él me vio a mí, que me miraba fijamente a través de la imagen enigmática de la tapa que mostraba a un viejo barbudo en blanco y negro sobresaliendo de un fondo amarillo clarito, bajo el maravilloso y sugerente título de “El gaucho insufrible” y otros cuentos.
      Mis felicitaciones al diseñador de Alfaguara llegaron directamente a través del ticket electrónico que confirmaba la compra, aún cuando había hojeado el libro y el segundo y el tercer cuento no me parecían muy buenos. Entonces pensé: si acá hay un cuento bueno (el primero) y el resto es relleno, no puede ser tan difícil. Ese cuento era muy bueno, demasiado bueno, sin embargo no era Borges. Nada es Borges, ni lo va a ser nunca, pensé.
      ¿Y sería posible acaso que yo escriba un cuento así, como el de Bolaño? Y resultó que no, que yo no podía escribir un cuento como Bolaño, porque yo no me llamo Roberto, ni soy chilena, ni soy hombre, ni tengo la vida itinerante y abrumadora que tuvo dicho escritor.
       Pero la idea de que era posible escribir me quedó dando vueltas mientras aparecían mis primeros cuentos, todos inmostrables.
       Seguí leyendo bastante (porque es lo único que garantiza que alguien sea escritor) y me empezó a aburrir la moda Bolaño, la edición compulsiva de escritos suyos, que por su temprana y absurda muerte, no pudo corregir o simplemente desechar. Borges si pudo hacerlo por su longevidad envidiable, y ahí encontré otra de las claves para escribir: tener una obra, escribir mucho, ordenar, reescribir, cambiar, re estructurar. También mostrarlo, con pudor o con orgullo, en algún momento lo que uno hace tiene que ser expuesto, juzgado, criticado, rechazado. Todo eso pasó cuando empecé con los talleres y leía mis cuentos. También pasaba que todos se quedaban en silencio un largo rato antes de emitir una opinión, y eso era un indicio bueno para mí, los dejaba sin palabras.
      Ya ahí no sólo tenía bastantes cuentos sino que había encontrado el argumento para una novela (próxima a ser escrita) que salió de una idea frustrada de un proyecto documental.
       Y un día apareció Aurora Venturini, con una historia de vida también difícil de imitar, pero con una obra única, emotiva, vibrante, y con muchos otros atributos que Bolaño no tiene (Borges menos), y que me sedujeron enormemente a partir de su premiada novela “Las primas”. Tardé muchos años en darme cuenta que escribo gracias a ella (de hecho me di cuenta ayer) que me mostró que se puede hacer una literatura de recuerdos ríspidos, de risas trabadas, de gestos amargos, que el mundo que construye un escritor no tiene por qué ser vivido pero sí propio.
      Así que a estos dos escritores tan antagonistas, tan lejanos entre sí, tan disímiles, les agradezco abrirme las puertas de las letras.
      También le agradezco a Borges que es el escritor en el cual se encuentran todos los escritores y que nos abofetea a cada párrafo, inspirándonos a seguir haciendo lo que más le gusta hacer a un escritor: leer.

jueves, 10 de enero de 2013

Olor a kerosén



Muy de tanto en tanto, mi mamá, mi hermana y yo, nos desviábamos al volver de la escuela para ir a lo Nino, el zapatero. La visita era obligada y eso le daba cierto fastidio al asunto. Mi hermana odiaba ir, porque ella no tenía nada que hacer excepto molestar, y yo era la víctima de toda la cuestión, la que tenía un defecto que sólo Nino, el zapatero, podía solucionar.
Entrábamos al local atravesando las puertas metálicas que hacían sonar los tubitos metálicos anunciado gente y entonces aparecía Nino, el zapatero, con su delantal raído y sus rulos enmarañados. Mientras se saludaban escuetamente yo me acomodaba en el banco contra la pared y esperaba desolada para probarme los zapatos. La semana anterior ya me habían tomado la medida del pie con una horma de madera, entonces sólo restaba que me calce el detestable mocasín marrón.
El negocio de Nino, era una zapatería para hombres grandes que sólo hacía mocasines negros o marrones. Unos con hebillas de bronce en el frente, y otros con una tirita de flecos. Había algunos modelos de vestir, pero no siempre estaban en la vidriera, sólo los mocasines gozaban de ese privilegio.
Para mí no era motivo de orgullo lucir esos zapatos que se veían tan estúpidos en las vitrinas y mucho peor en mis pies. Pero como ya dije antes, era una obligación, no un placer.
Tener una pierna más corta que la otra era un mal hereditario que afectaba a mi abuela, a mi mamá y a mí.  Mi hermana había queda exenta de este problema en los huesos, y yo la odiaba por eso, pero a ella le habían tocado otros genes más enrevesados,  esos que afectan al carácter y que no se arreglan con ningún mocasín.
Al momento de probarme el primer zapato hacía fuerza para tratar de achicar mi pie, porque ya sabía que al principio apretaba. Para ablandar el cuero endurecido Nino usaba un mechero que tenía una llama alta y azulada, y que despedía un olor muy particular, una mezcla de combustible con cuero teñido, profundo y perturbador. Cuando Nino pasaba el interior del zapato por el fuego, el olor aumentaba y el miedo de que algún día me iba a quemar los pies me atormentaba secretamente.
Después venía el segundo zapato, el más difícil, el que tenía el suplemento. Ese era el nombre que mi mamá le había puesto a mi defecto, un suplemento. Los zapatos parecían iguales, los dos tenían el mismo lustre y la misma herradura de bronce marrón en la capellada, pero el izquierdo tenía el taco un poco más alto, unos centímetros apenas notorios, pero que aumentaban a varios metros cada vez que mi mamá hablaba del tema.
Esos mocasines sobrios y nefastos eran los únicos zapatos que me compraban una vez al año. Si hubieran podido impedir el crecimiento de mis pies para ahorrarse un par de zapatos, lo hubieran hecho, porque siempre me exigían que los cuidara como si fueran de oro.
Tal era mi estropicio en los huesos, que si no los usaba todo el día iba a quedar peor, por eso los días de gimnasia en la escuela yo llevaba las zapatillas en una bolsa y me las  cambiaba en el recreo al empezar y terminar la actividad física para la cual los mocasines de Nino eran totalmente inútiles. Lo más molesto de todo era la atrocidad visual que se generaba entre el pantalón azul deportivo y el calzado marrón reparador, y que yo, con muy pocos años podía detectar a simple vista.
Un día todo cambió. No acepté más ir a lo de Nino, me importó un bledo el defecto, y compré unas chatitas de cuero crudo en una feria hippie, que combinadas con medias tejidas de colores y una pollera corta de jean, me convirtieron en el cisne altivo y desafiante que dejaba atrás para siempre al pato feo del cuento. 
A los esos primeros zapatos de mujer se le fueron agregando los tacos altos, las zapatillas estrambóticas, las hawaianas y todo un mundo a mis pies. Mientras iba sumando más calzado a mi propio antojo, el enjambre de gritos maternos se fue transformando en un leve murmullo, en un mascullar lejano que dejé de oír el día que cumplí quince años y metí los pies en un par de zapatos idénticos.

miércoles, 9 de enero de 2013

Angustia y sudor


     Entre exhalación y exhalación Susana le contó a Gisela algo que le cortó el aliento en pleno ejercicio. La hija de Lilian, la morocha de rulos que siempre se pone por el medio, estaba perdida y no se sabía nada de ella desde hacía dos días.
     La angustia en el rostro de Gisela fue suficiente para que juntaran las colchonetas y aclarasen un poco la situación.
- Parece que no volvió a la casa de la escuela y la vieron con un tipo grande-
- Un novio que conoció chateando. ¿Vos te imaginás? Con las cosas que pasan … yo ya pienso lo peor. Y en este barrio, ¿lo podés creer?

El salón del gimnasio tenía los tablones de madera descascarados y arruinados. Y sobre ese suelo marchito ejercitaban sus cuerpos poco turgentes, y pasaban buenos ratos en los que no faltaban los chistes verdes en los momentos más difíciles del ejercicio, generalmente los trabajos abdominales donde todas suplicaban a coro para terminar de una vez.
Ninguna se imaginó que una tarde todo eso iba a truncarse, tanta camaradería pasajera se iba a teñir de gris oscuro y como si fuera poco, con un estrujo en el estómago.
Era notorio que la profesora también lo sabía, (y un poco apiadada por tanta desazón)  apenas si decía “vamos vamos “, en lugar de los gritos a los que las tenía acostumbradas.
Hoy nadie se quejaba por la secuencia de glúteos que solía dejarlas a todas entumecidas. Hoy estaban preocupadas por la hija de Lilian, y todas pensaban en sus propias hijas, sobrinas, primas. Incluso algunas se recordaban a sí mismas en la pubertad siendo manoseadas por un pasajero del colectivo, asustadas por un tipo que caminaba por la misma vereda, amenazadas por los borrachos de la esquina al volver de la escuela, acosadas a cada paso, sólo por estar en la dudosa y espantosa edad en la que la infancia se termina para siempre.
Extrañamente el relato que Susana estaba tratando de hilar, empezó a cambiar de tono. No se sabía muy bien la edad de la nena, podían ser 12 o 14 años, y estaba a cargo de Lilian hasta que le salieran los papeles de la adopción. Hacía dos años que estaba con ella y siempre fue difícil la educación, ponerle límites, enseñarle, integrarla. La chica estaba en séptimo grado y ya había tardado en volver otras veces, pero esto era diferente.
Entre un cuádriceps contraído y el otro, quedó en claro que Lilian siempre se había esforzado en contenerla, pero la nena siempre se rebelaba y hasta la desafiaba.
-Pero entonces ¿se fue por su propia voluntad? preguntó Gisela con pudor.
-Todo indica que sí- contestó Susana con aplomo.

Al otro día la foto de la nena estaba en todos los comercios, en todos los diarios, y en todos los noticieros, reafirmando que no había sido un rumor, que no había malos entendidos, cada dato anunciado coincidía con lo que había dicho Susana.
En el kiosco de la esquina había una fotocopia a todo color con la cara de la chica. Miraba a la cámara sonriente, con esa típica actitud de desparpajo y vergüenza que tienen todas las adolescentes tempranas.  

       En un almacén silencioso y poco concurrido,  la hija de Lilian entró a comprar algunas cosas como si nada hubiera ocurrido. El comerciante nervioso pero decido,  llamó a la policía cuando terminó de cobrarle. Rápidamente le avisaron a  la madre y la llevaron corriendo a la fiscalía. Entre reproches, gritos de euforia, angustia, alegría y mucho enojo, finalmente se abrazaron las dos.

La clase de gimnasia a los pocos días volvió a ser la de siempre, y hasta Lilian volvió a sonreír, a pesar que la chica había expresado su voluntad de volver al hogar de menores. Ella estaba bien, decía Lilian,  y el relato se terminaba ahí, como si ninguna quisiera preguntar qué le había pasado realmente. Mientras tramitaran la reinserción en  el internado,  la familia estaba siendo contenida por psicólogos, asistentes sociales y educadores que empezaban a hacer su trabajo de reparación tardía.
Las mujeres volvieron a respirar pausadamente y de a poco volvieron los gritos y las quejas por los dolores al compás de la música frenética. A los pocos días se les borraron la incertidumbre y el temor, y volvió ese sentimiento de alegría pasajera, de bienestar común,  en el que las risas estruendosas  acompañaban las caderas torpes en una coreografía absurda que ninguna ellas podía realizar con gracia o armonía.

domingo, 6 de enero de 2013

El origen


El barrio de Monte Castro se encuentra en la cuidad de Buenos Aires y limita al este con Villa Santa Rita, al sur con Villa Luro, al norte con Villa Devoto, y al oeste con Versalles. Llegar hasta allí no es fácil, es necesario conocer bastante bien los pagos, y hay que tomar dos colectivos como mínimo para arribar a cualquier punto decente de la ciudad. Confinado más allá de los barrios de Perón, se destaca por muy pocas características. El único dato curioso, (para mí) es la nomenclatura de sus calles.
Una de las avenidas principales es Lope de Vega, en honor al conocido escritor del barroco español que trascendió por Fuenteovejuna, una comedia en la que el pueblo se reconoce como tal más allá de las individualidades. Dicha avenida es una auténtica vidriera de talleres de autos, fábricas que no prosperan, negocios sucios, gomerías, etc. Recién al llegar a Devoto se torna más comercial y paseandera.
Pero lo interesante del caso no es su mínimo deseo de progreso sino su proximidad a otras calles que también poseen nombres extravagantes. A saber: hacia Versalles, la primera paralela se llama Virgilio, luego Moliere y más allá Victor Hugo. Hacia el otro lado está Calderón de la Barca, luego Cervantes. Todo parecería que ahí termina la cosa pero alejándonos un poco más, casi llegando a Liniers aparecen las calles Dante y Homero. ¡Qué gran poeta el legislador o funcionario que logró implementar tanta cultura en uno de los barrios más mersas y tilingos que puedan existir¡  Tal es la desolación y hasta vergüenza de sus habitantes, que todos los que viven allí dicen que son de Devoto o de Floresta.
Y yo no era la excepción. Me crié en la plaza Vélez Sarfiled, lindante con el reconocido hospital homónimo, jugando a ser la Mujer Maravilla tirándome desde lo alto de las hamacas y recreando en mi mente al momento de la caída,  ese sonido robótico tan definitorio de la fuerza sobrehumana de Linda Carter cuando se convertía. También me gustaba subir al tobogán por las tablas cuando al atardecer ya no quedaban niños a la vista que le daban un uso racional al juego. Al llegar a la cima era Sabrina, la morocha de Los Angeles de Charly, la más inteligente y elegante.
Otras veces patinaba torpemente con esos patines de chapa y cuatro ruedas naranjas tratando de deslizarme por las veredas de mosaicos cuadraditos o rectangulares que impedían mi avance por todos los medios. No era muy rápida ni diestra físicamente, tenía las piernas y los brazos demasiado largos y no los podía dominar.
Además siempre me llamaban la atención cosas raras. 
Como por ejemplo la vidriera de la mueblería San Genaro, pegada a mi casa, donde se exhibían muebles floripondiosos que relucían con la técnica del dorado a la hoja, con ramas y ángeles en relieve en la cabecera de una cama o el respaldo de un sillón. 
Cada tanto me sentaba en alguna cornisa para observar como los gruesos y largos pelos negros de mis pernas se asomaban impunemente por la trama de las medias blancas. Yo me bajaba y me subía nuevamente las medias para tratar de esconderlos, pero la fricción parecía darles más impulso a la herencia indígena que llevo esparcida por todo el cuerpo. 
Como no detenerme a mirar el pasillo del conventillo, el lugar prohibido al que una vez había entrado en secreto con una chica de la cuadra, lleno de malvivientes que prometían todo tipo de crímenes y pecados. 
Y la bulería, justo en la esquina de mi casa, a la que por suerte no podía acceder porque no me dejaban cruzar Lope de Vega sola. Un antro de perdición atroz, con mujeres de pantalones ajustados, pelo suelto y aros grandes que podía ver a veces desde alguna ventana del primer piso. 
Sólo se me permitía ir a los negocios honestos como la verdulería, donde el dueño se relamía a lo loco con mi metro sesenta y cinco de exultante pubertad, o la heladería  que se convertía en galletitería en invierno, cuya encargada había dejado de mirarme con ternura para escrutinarme con lisa y llana envidia.
Al llegar el verano salía a la hora de la siesta por el horror de ser brutalmente bombardeada por los chicos que jugaban al carnaval. Ni eso me salvaba, siempre terminaba avergonzada en la parada del colectivo 25 para ir a lo de una amiga.
Hasta que un día mi madre se hartó de la mediocridad del barrio. Consiguió un departamento antiguo por el mismo valor de alquiler  de esa casa inmunda que habitábamos, y así de sopetón me mudé al barrio del Once, donde conocí más miserias humanas y al amor de mi vida.

Canción de cuna


Ya desde la puerta se hacían notar. Antes de que mi abuela les abriera, las dos mujeres golpeteaban el marco de la puerta con las uñas largas mientras se reían a coro.
- Vamos, tía, que se hace de noche y sale el lobo…- decía una, y la otra festejaba tentada de risa. Mi abuela arrastraba los suecos ortopédicos del doctor Schultz hasta llegar a la entrada y abrirles la puerta.
- ¿Va a llover esta noche, tía? ¿Qué te dicen los tobillos?-preguntaban risueñas. Mi abuela decía que cuando sentía tirones en lo pies, era porque iba a llover.
-Hola linda, ¿cómo andás, te quedás a dormir con los abuelos?- me preguntaron al verme las dos mujeres.
-Sí- contesté yo. Quería hablar más, comentar la burla sobre los pies, o algo, pero yo era muy tímida y los monosílabos me bastaban.
- ¡Que rica que está esta chica, tía!-
- Es igualita a vos, alta y flaca, ¿no?- Y ahí volvían las carcajadas unánimes, ahora también de mi abuela que era petisa y regordeta.
- ¡Paren que me piyo encima!- decía ella con tono de reto y así seguían sin parar hasta acomodarse en la cocina.
Mientras yo terminaba el postre, llegaba mi abuelo, que sí era alto y flaco y que parecía más bueno en presencia de las dos invitadas.
Una de las mujeres sacaba de su cartera un pedazo de paño lenci verde oscuro y lo ponía a modo de mantel sobre la mesa y ahí mi abuelo apoyaba la botella de ginebra y los tres vasitos. Esa era la señal de que yo me tenía que ir a dormir.
Metida en el medio de la cama matrimonial disfrutaba de las vulgaridades que le gritaban las dos mujeres a mi abuela mientras ella lavaba los platos.
Hasta que empezaban los ruidos más fuertes producto de varios de esos vasitos vaciados y vueltos a llenar. Gritos de aliento o envidia por la suerte ajena, insultos, muchos insultos hacia los dados y los números que arrojaban. Que el siete es bueno, que cuatro puto, que dos de mierda.  También decían mucho culito, y eso era lo único que yo entendía, significaba que el dado tenía que girarse y valía el número opuesto, siempre y cuando lo gritaran antes de levantar el cubilete marrón de cuero.
Entre cada chiste, escuchaba la voz ronca de mi abuelo quejándose por la mala suerte que estaba teniendo. Como jugaban por plata, (y mi abuelo siempre perdía), las puteadas seguían y seguían mientras yo me iba durmiendo.
Al rato, la silueta de mi abuela aparecía sentada sobre el borde de la cama. Medio dormida, medio despierta, le veía el enagua rosa clarito con breteles de puntilla, y le hacía un lugar para que se acueste al lado mío.
-Seguí durmiendo- me decía palmeándome el hombro, mientras se levantaba de su noche entrecortada. Se ponía el batón, los suecos de madera, y salía de la pieza a enfrentarse con el frenesí de la generala matutina.
Yo me acomodaba nuevamente y viendo un rayito de luz por la rendija de la persiana comprendía que la noche ya había pasado, y que me quedaban unas horas más de sueño mientras las voces de la timba se iban apagando y la ginebra se terminaba.