“De
Esmeralda al norte, pa’l lao de Retiro” venía deambulando una tarde de lluvia y
frío, sin percatarme que lo hacía por el medio de la calle y que no pasaba ningún
auto. Caminando por esas calles eternamente grises pensaba en la letra de
Contursi y en cómo yo estaba haciendo el trayecto inverso al mencionado tango.
Los pasos coordinados y la garúa constante me llevaban hacia Corrientes y
Esmeralda donde me esperaba otro paisaje igualmente gris y húmedo.
Pero
aún restaban unas cuantas cuadras, y aunque las gotas me rebotaban en los
hombros, volver a mirar el centro después de tanto tiempo, era un privilegio
para mí.
Hacía
mucho que no caminaba por una de las calles más interesantes que tiene esta
ciudad. Las mismas que transitaba un escritor ciego con su bastón en mano y que
lo llevaban a solearse en la Plaza San Martín.
Los
canteros y los escalones torcidos de esa plaza histórica ya me habían visto
pasar, y ahora seguía (inversamente a Borges, inversamente al tango) mi camino hacia
el centro. Al
llegar a la intersección con la calle Paraguay me fui deteniendo para deleitarme con la esquina de los sombreros. Aquel negocio en ochava que en
sus cuatro vidrieras verticales exhibía los tesoros más hermosos para mí. Capelinas
de rafia, guantes de raso, moños de gasa, flores de percal, tocados brillantes,
pañuelos sedosos, y perlas glamorosas, un sinfín de objetos que tornaban la
hostilidad habitual del centro en un paraíso volátil y etéreo, casi mágico.
La
esquina estaba ahí pero el local no estaba igual. Tuve que adelantarme
a unos extranjeros que parloteaban en portugués para ver las
vidrieras de los sombreros que estaban vacías y abandonadas. No había cartel de liquidación, ni de nos vamos, ni de cerrado por reformas, ni de venta o alquiler. Pero el negocio estaba completamente abandonado. Un tipo de aspecto sospechoso estaba parado cerca de esas vidrieras que antes exhibían lujo y delicadeza.
A
primera vista aquel hombre parecía punga, típico personaje de la porteñidad que
deambula por esas zonas, pero al acercarme me di cuenta que era un cana de
civil. Tenía la mirada clavada en algún punto, no parecía preocuparle nada ni
nadie, estaba alerta, pero no se hacía el disimulado. Policía, sin dudas.
Ni
le importó que yo me detuviera a mirar los espacios vacíos que antes atesoraban
mis más deseados objetos. Tampoco pareció afectarle el hecho de que yo sacara
mi celular para llevarme una foto de esa ausencia que tanto me afectaba.
Aproveché
esos instantes para tratar de entender qué pasaba. Pero no se percibía nada en
particular. Gente pasando, autos tocando bocina, el semáforo sin funcionar, nada
raro por esas calles, en una mañana otoñal.
Mientras
miraba el resultado de la instantánea digital aproveché para profundizar un
poco en mi curiosidad urbana. Fue entonces cuando como un rayo fulminante logré
dibujar en mi mente el mapa de esa intersección tan particular y los eventos
que allí ocurren día y noche. En la vereda de enfrente, a pocos metros de donde
me encontraba había una fachada negra con una puerta muy angosta también negra,
sin picaporte, ni timbre. Siguiendo con la vista hacia arriba, por la pared
también oscura se erguía un cartel con letras principescas que enhebraban
certeramente la palabra “Hook”. Una vereda de por medio, pasando una persiana
metálica arrumbada por el desuso, había otro local similar aunque con un nombre
mucho menos festivo pero igual de preciso. “Chicas bailable” se leía desde la
esquina.
No se por qué supuse aquel hombre atento parado en el local fantasmagórico
de los sombreros estaba esperando que algo pase en alguno de esos dos puteríos.
O también cabía la posibilidad de estuviera custodiando los departamentos de
servicios privados que se yerguen altivos, señoriales y desfachatados en la
calle Paraguay.
Sea como fuere, los escasos segundos que alguien le puede
dedicar a entender situaciones como aquella se me estaban agotando y decidí
seguir rumbo al sur, hacia Corrientes, hacia donde dice el tango.
Lo que me quedaba de recorrido lo hice pensando en cómo
había cambiado el centro desde la última vez que anduve por ahí.
Ahora la calle Esmeralda es peatonal en un tramo importante
de su trayectoria y eso es muy beneficioso para transeúntes como yo, que no
sólo miran sus pies y que levantan la vista para inmiscuirse fugazmente en
asuntos ajenos. También es muy útil para los forasteros que llegan con
abultadas billeteras a llevarse prodigios de nuestra cultura, y
también lo es para las señoritas que trabajan a deshora por esa zona de esta
ciudad tan opaca, tan turística y tan prostibularia.