Dos anacrónicos sujetos caminan
todos los sábados a la mañana por Chacarita. Van juntos, o vienen, hablando
serenamente y como si se conocieran de toda la vida. Sexagenarios ambos visten
de manera muy llamativa en este barrio donde todos se caracterizan por no
llamar la atención.
Probablemente sea yo quien más
sorprenda por esta cuadra, un sábado cerca del mediodía cuando salgo a pasear a
la perra con el pelo revuelto y un pantalón roto. Caminando con mis
cicatrices textiles sobre un jean gastado e irreversiblemente arruinado intento
no ser tironeada por la correa del cuadrúpedo mientras me cruzo con estos dos
tipos, semana tras semana.
Y siempre aparecen, dando vuelta
la esquina o cruzándonos de frente, todos los sábados observo a este par de
amigos cajetillas y no puedo dejar de pensar a dónde van o de dónde vienen así
vestidos.
Ninguno usa traje, quizás lo
consideren demasiado formal, pero ambos llevan pantalón pinzado de sarga,
camisa, saco escocés a contra tono, y un pañuelo bastante notorio. Lejos de ser
sobrios o elegantes son dos mamarrachos errantes que no pasan desapercibidos
más aún por el hecho de ir de a dos. Todos los porteros de la cuadra murmuran
al verlos pasar, al igual que los dueños de los comercios que siempre están en
la vereda. Si mi perra me escuchara yo
también comentaría algo. Una cosa es segura, (y eso lo
sabemos todos los vecinos) no son de acá, y sólo se dejan ver los sábados
cuando la mañana está terminando.
Continúo mi camino canino y llego
al gran parque desierto, todavía a esa hora mucha gente trabaja y recién la
plaza se llena de vida por la tarde. Por eso es el horario ideal para ir con
una perra que corre a sus anchas como si estuviera en el campo. Los pocos
transeúntes que la visitan a esa hora son otros dueños de perro a quienes
saludo de lejos y algún que otro policía que manda mensajitos por el celular.
En algún momento, en medio de la soledad de un parque demasiado grande para tan
pocas personas, diviso a la joven viuda con su tres hijitos. Desde Jorge
Newbery se acerca caminando con sus hijos tomados de las manos, todos serios y
sin hablar. Ella lleva un ramo de flores muy sencillo, y al pasar junto a
ellos, me vuelvo a enfrentar, como hace siete días, con el dolor de una
familia que quedó quebrada muy pronto. No sé cuanto tiempo más repitan ese
paseo que los conduce directamente a la entrada del cementerio donde buscarán la tumba del marido y padre fallecido prematuramente, y me pregunto
(cada vez que los veo) si los chicos seguirán acompañándola por siempre en ese paseo de los sábados. Pero
sin duda pienso que del único lugar al que pueden ir los dos viejos ridículos
es a la necrópolis que corona esta parte de la ciudad, y que por haber dejado
atrás aquel momento de congoja y sufrimiento frente a los restos de algún amigo muerto, estos dos tipos juntos van tan sonrientes,
felices y altaneros sin importarles nada más.