Escribo por otros escritores que me hicieron ver que podía
escribir. Sin ser demasiado letrada cada tanto hurgo en las librerías
en busca de algo interesante y una tarde de aburrimiento me topé con un tal Roberto.
Fue así como vi por primera vez un libro de Bolaño, o podría decir de forma más poética que él me vio a mí, que me
miraba fijamente a través de la imagen enigmática de la tapa que mostraba a un
viejo barbudo en blanco y negro sobresaliendo de un fondo amarillo clarito,
bajo el maravilloso y sugerente título de “El gaucho insufrible” y otros
cuentos.
Mis felicitaciones al diseñador de Alfaguara llegaron
directamente a través del ticket electrónico que confirmaba la compra, aún
cuando había hojeado el libro y el segundo y el tercer cuento no me parecían
muy buenos. Entonces pensé: si acá hay un cuento bueno (el primero) y el resto
es relleno, no puede ser tan difícil. Ese cuento era muy bueno, demasiado
bueno, sin embargo no era Borges. Nada es Borges, ni lo va a ser nunca, pensé.
¿Y sería posible acaso que yo escriba un cuento así, como el
de Bolaño? Y resultó que no, que yo no podía escribir un cuento como Bolaño,
porque yo no me llamo Roberto, ni soy chilena, ni soy hombre, ni tengo la vida
itinerante y abrumadora que tuvo dicho escritor.
Pero la idea de que era posible escribir me quedó dando
vueltas mientras aparecían mis primeros cuentos, todos inmostrables.
Seguí leyendo bastante (porque es lo único que garantiza que
alguien sea escritor) y me empezó a aburrir la moda Bolaño, la edición
compulsiva de escritos suyos, que por su temprana y absurda muerte, no pudo
corregir o simplemente desechar. Borges si pudo hacerlo por su longevidad
envidiable, y ahí encontré otra de las claves para escribir: tener una obra,
escribir mucho, ordenar, reescribir, cambiar, re estructurar. También mostrarlo, con pudor o con orgullo, en algún momento lo que uno hace tiene que ser expuesto, juzgado, criticado, rechazado. Todo eso pasó cuando empecé con los talleres y leía mis cuentos. También pasaba que todos se quedaban en silencio un largo rato antes de emitir una opinión, y eso era un indicio bueno para mí, los dejaba sin palabras.
Ya ahí no sólo tenía bastantes cuentos sino que había
encontrado el argumento para una novela (próxima a ser escrita)
que salió de una idea frustrada de un proyecto documental.
Y un día apareció Aurora Venturini, con una historia de vida
también difícil de imitar, pero con una obra única, emotiva, vibrante, y con
muchos otros atributos que Bolaño no tiene (Borges menos), y que me sedujeron
enormemente a partir de su premiada novela “Las primas”. Tardé muchos años en
darme cuenta que escribo gracias a ella (de hecho me di cuenta ayer) que me
mostró que se puede hacer una literatura de recuerdos ríspidos, de risas
trabadas, de gestos amargos, que el mundo que construye un escritor no tiene
por qué ser vivido pero sí propio.
Así que a estos dos escritores tan antagonistas, tan lejanos
entre sí, tan disímiles, les agradezco abrirme las puertas de las letras.
También le agradezco a Borges que es el escritor en el cual
se encuentran todos los escritores y que nos abofetea a cada párrafo,
inspirándonos a seguir haciendo lo que más le gusta hacer a un escritor:
leer.
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