Entre exhalación y exhalación
Susana le contó a Gisela algo que le cortó el aliento en pleno ejercicio. La
hija de Lilian, la morocha de rulos que siempre se pone por el medio, estaba
perdida y no se sabía nada de ella desde hacía dos días.
La angustia en el rostro de Gisela fue suficiente para que
juntaran las colchonetas y aclarasen un poco la situación.
- Parece que no volvió a la
casa de la escuela y la vieron con un tipo grande-
- Un novio que conoció
chateando. ¿Vos te imaginás? Con las cosas que pasan … yo ya pienso lo peor. Y
en este barrio, ¿lo podés creer?
El salón del gimnasio tenía los tablones de madera descascarados y arruinados. Y sobre ese suelo marchito ejercitaban sus cuerpos poco turgentes, y
pasaban buenos ratos en los que no faltaban los chistes verdes en los momentos
más difíciles del ejercicio, generalmente los trabajos abdominales donde todas
suplicaban a coro para terminar de una vez.
Ninguna
se imaginó que una tarde todo eso iba a truncarse, tanta camaradería pasajera
se iba a teñir de gris oscuro y como si fuera poco, con un estrujo en el
estómago.
Era
notorio que la profesora también lo sabía, (y un poco apiadada por tanta
desazón) apenas si decía “vamos vamos “,
en lugar de los gritos a los que las tenía acostumbradas.
Hoy
nadie se quejaba por la secuencia de glúteos que solía dejarlas a todas
entumecidas. Hoy estaban preocupadas por la hija de Lilian, y todas pensaban en
sus propias hijas, sobrinas, primas. Incluso algunas se recordaban a sí mismas
en la pubertad siendo manoseadas por un pasajero del colectivo, asustadas por
un tipo que caminaba por la misma vereda, amenazadas por los borrachos de la esquina
al volver de la escuela, acosadas a cada paso, sólo por estar en la dudosa y
espantosa edad en la que la infancia se termina para siempre.
Extrañamente
el relato que Susana estaba tratando de hilar, empezó a cambiar de tono. No se
sabía muy bien la edad de la nena, podían ser 12 o 14 años, y estaba a cargo de
Lilian hasta que le salieran los papeles de la adopción. Hacía dos años que
estaba con ella y siempre fue difícil la educación, ponerle límites, enseñarle,
integrarla. La chica estaba en séptimo grado y ya había tardado en volver otras
veces, pero esto era diferente.
Entre
un cuádriceps contraído y el otro, quedó en claro que Lilian siempre se había
esforzado en contenerla, pero la nena siempre se rebelaba y hasta la desafiaba.
-Pero
entonces ¿se fue por su propia voluntad? preguntó Gisela con pudor.
-Todo
indica que sí- contestó Susana con aplomo.
Al
otro día la foto de la nena estaba en todos los comercios, en todos los diarios,
y en todos los noticieros, reafirmando que no había sido un rumor, que no había
malos entendidos, cada dato anunciado coincidía con lo que había dicho Susana.
En
el kiosco de la esquina había una fotocopia a todo color con la cara de la
chica. Miraba a la cámara sonriente, con esa típica actitud de desparpajo y
vergüenza que tienen todas las adolescentes tempranas.
En un almacén silencioso y poco concurrido, la hija de Lilian entró a comprar algunas cosas como si nada hubiera ocurrido. El comerciante nervioso pero decido, llamó a la policía cuando terminó de cobrarle. Rápidamente le avisaron a la madre y la llevaron corriendo a la fiscalía. Entre reproches, gritos de euforia, angustia, alegría y mucho enojo, finalmente se abrazaron las dos.
En un almacén silencioso y poco concurrido, la hija de Lilian entró a comprar algunas cosas como si nada hubiera ocurrido. El comerciante nervioso pero decido, llamó a la policía cuando terminó de cobrarle. Rápidamente le avisaron a la madre y la llevaron corriendo a la fiscalía. Entre reproches, gritos de euforia, angustia, alegría y mucho enojo, finalmente se abrazaron las dos.
La
clase de gimnasia a los pocos días volvió a ser la de siempre, y hasta Lilian
volvió a sonreír, a pesar que la chica había expresado su voluntad de volver al
hogar de menores. Ella estaba bien, decía Lilian, y el relato se terminaba ahí, como si ninguna
quisiera preguntar qué le había pasado realmente. Mientras tramitaran la
reinserción en el internado, la familia estaba siendo contenida por
psicólogos, asistentes sociales y educadores que empezaban a hacer su trabajo de
reparación tardía.
Las
mujeres volvieron a respirar pausadamente y de a poco volvieron los gritos y
las quejas por los dolores al compás de la música frenética. A los pocos días
se les borraron la incertidumbre y el temor, y volvió ese sentimiento de alegría pasajera, de bienestar común, en el que las risas
estruendosas acompañaban las caderas torpes en una coreografía absurda que
ninguna ellas podía realizar con gracia o armonía.
No hay comentarios:
Publicar un comentario