Muy de tanto en tanto, mi mamá,
mi hermana y yo, nos desviábamos al volver de la escuela para ir a lo Nino, el
zapatero. La visita era obligada y eso le daba cierto fastidio al asunto. Mi
hermana odiaba ir, porque ella no tenía nada que hacer excepto molestar, y yo
era la víctima de toda la cuestión, la que tenía un defecto que sólo Nino, el
zapatero, podía solucionar.
Entrábamos al local atravesando
las puertas metálicas que hacían sonar los tubitos metálicos anunciado gente y
entonces aparecía Nino, el zapatero, con su delantal raído y sus
rulos enmarañados. Mientras se saludaban escuetamente yo me acomodaba en el
banco contra la pared y esperaba desolada para probarme los zapatos. La semana
anterior ya me habían tomado la medida del pie con una horma de madera,
entonces sólo restaba que me calce el detestable mocasín marrón.
El negocio de Nino, era una
zapatería para hombres grandes que sólo hacía mocasines negros o marrones. Unos
con hebillas de bronce en el frente, y otros con una tirita de flecos. Había
algunos modelos de vestir, pero no siempre estaban en la vidriera, sólo los
mocasines gozaban de ese privilegio.
Para mí no era motivo de orgullo
lucir esos zapatos que se veían tan estúpidos en las vitrinas y mucho peor en
mis pies. Pero como ya dije antes, era una obligación, no un placer.
Tener una pierna más corta que la
otra era un mal hereditario que afectaba a mi abuela, a mi mamá y a mí. Mi hermana había queda exenta de este
problema en los huesos, y yo la odiaba por eso, pero a ella le habían tocado
otros genes más enrevesados, esos que
afectan al carácter y que no se arreglan con ningún mocasín.
Al momento de probarme el primer
zapato hacía fuerza para tratar de achicar mi pie, porque ya sabía que al
principio apretaba. Para ablandar el cuero endurecido Nino usaba un mechero que
tenía una llama alta y azulada, y que despedía un olor muy particular, una
mezcla de combustible con cuero teñido, profundo y perturbador. Cuando Nino pasaba
el interior del zapato por el fuego, el olor aumentaba y el miedo de que algún
día me iba a quemar los pies me atormentaba secretamente.
Después venía el segundo zapato,
el más difícil, el que tenía el suplemento. Ese era el nombre que mi mamá le
había puesto a mi defecto, un suplemento. Los zapatos parecían iguales, los dos
tenían el mismo lustre y la misma herradura de bronce marrón en la capellada,
pero el izquierdo tenía el taco un poco más alto, unos centímetros apenas
notorios, pero que aumentaban a varios metros cada vez que mi mamá hablaba del
tema.
Esos mocasines sobrios y nefastos eran los
únicos zapatos que me compraban una vez al año. Si hubieran podido impedir el
crecimiento de mis pies para ahorrarse un par de zapatos, lo hubieran hecho,
porque siempre me exigían que los cuidara como si fueran de oro.
Tal era mi estropicio en los
huesos, que si no los usaba todo el día iba a quedar peor, por eso los días de
gimnasia en la escuela yo llevaba las zapatillas en una bolsa y me las cambiaba en el recreo al empezar y terminar la actividad física para la cual los mocasines de Nino eran totalmente inútiles. Lo más
molesto de todo era la atrocidad visual que se generaba entre el pantalón azul
deportivo y el calzado marrón reparador, y que yo, con muy pocos años podía
detectar a simple vista.
Un día todo cambió. No acepté más
ir a lo de Nino, me importó un bledo el defecto, y compré unas chatitas de
cuero crudo en una feria hippie, que combinadas con medias tejidas de colores y una pollera corta de jean, me convirtieron en el cisne altivo y desafiante que dejaba atrás para siempre al pato feo del cuento.
A los esos primeros zapatos de mujer se le fueron agregando los tacos altos, las zapatillas estrambóticas, las hawaianas y todo un mundo a mis pies. Mientras iba sumando más calzado a mi propio antojo, el enjambre de gritos maternos se fue transformando en un leve murmullo, en un mascullar lejano que dejé de oír el día que cumplí quince años y metí los pies en un par de zapatos idénticos.
A los esos primeros zapatos de mujer se le fueron agregando los tacos altos, las zapatillas estrambóticas, las hawaianas y todo un mundo a mis pies. Mientras iba sumando más calzado a mi propio antojo, el enjambre de gritos maternos se fue transformando en un leve murmullo, en un mascullar lejano que dejé de oír el día que cumplí quince años y metí los pies en un par de zapatos idénticos.
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