jueves, 10 de enero de 2013

Olor a kerosén



Muy de tanto en tanto, mi mamá, mi hermana y yo, nos desviábamos al volver de la escuela para ir a lo Nino, el zapatero. La visita era obligada y eso le daba cierto fastidio al asunto. Mi hermana odiaba ir, porque ella no tenía nada que hacer excepto molestar, y yo era la víctima de toda la cuestión, la que tenía un defecto que sólo Nino, el zapatero, podía solucionar.
Entrábamos al local atravesando las puertas metálicas que hacían sonar los tubitos metálicos anunciado gente y entonces aparecía Nino, el zapatero, con su delantal raído y sus rulos enmarañados. Mientras se saludaban escuetamente yo me acomodaba en el banco contra la pared y esperaba desolada para probarme los zapatos. La semana anterior ya me habían tomado la medida del pie con una horma de madera, entonces sólo restaba que me calce el detestable mocasín marrón.
El negocio de Nino, era una zapatería para hombres grandes que sólo hacía mocasines negros o marrones. Unos con hebillas de bronce en el frente, y otros con una tirita de flecos. Había algunos modelos de vestir, pero no siempre estaban en la vidriera, sólo los mocasines gozaban de ese privilegio.
Para mí no era motivo de orgullo lucir esos zapatos que se veían tan estúpidos en las vitrinas y mucho peor en mis pies. Pero como ya dije antes, era una obligación, no un placer.
Tener una pierna más corta que la otra era un mal hereditario que afectaba a mi abuela, a mi mamá y a mí.  Mi hermana había queda exenta de este problema en los huesos, y yo la odiaba por eso, pero a ella le habían tocado otros genes más enrevesados,  esos que afectan al carácter y que no se arreglan con ningún mocasín.
Al momento de probarme el primer zapato hacía fuerza para tratar de achicar mi pie, porque ya sabía que al principio apretaba. Para ablandar el cuero endurecido Nino usaba un mechero que tenía una llama alta y azulada, y que despedía un olor muy particular, una mezcla de combustible con cuero teñido, profundo y perturbador. Cuando Nino pasaba el interior del zapato por el fuego, el olor aumentaba y el miedo de que algún día me iba a quemar los pies me atormentaba secretamente.
Después venía el segundo zapato, el más difícil, el que tenía el suplemento. Ese era el nombre que mi mamá le había puesto a mi defecto, un suplemento. Los zapatos parecían iguales, los dos tenían el mismo lustre y la misma herradura de bronce marrón en la capellada, pero el izquierdo tenía el taco un poco más alto, unos centímetros apenas notorios, pero que aumentaban a varios metros cada vez que mi mamá hablaba del tema.
Esos mocasines sobrios y nefastos eran los únicos zapatos que me compraban una vez al año. Si hubieran podido impedir el crecimiento de mis pies para ahorrarse un par de zapatos, lo hubieran hecho, porque siempre me exigían que los cuidara como si fueran de oro.
Tal era mi estropicio en los huesos, que si no los usaba todo el día iba a quedar peor, por eso los días de gimnasia en la escuela yo llevaba las zapatillas en una bolsa y me las  cambiaba en el recreo al empezar y terminar la actividad física para la cual los mocasines de Nino eran totalmente inútiles. Lo más molesto de todo era la atrocidad visual que se generaba entre el pantalón azul deportivo y el calzado marrón reparador, y que yo, con muy pocos años podía detectar a simple vista.
Un día todo cambió. No acepté más ir a lo de Nino, me importó un bledo el defecto, y compré unas chatitas de cuero crudo en una feria hippie, que combinadas con medias tejidas de colores y una pollera corta de jean, me convirtieron en el cisne altivo y desafiante que dejaba atrás para siempre al pato feo del cuento. 
A los esos primeros zapatos de mujer se le fueron agregando los tacos altos, las zapatillas estrambóticas, las hawaianas y todo un mundo a mis pies. Mientras iba sumando más calzado a mi propio antojo, el enjambre de gritos maternos se fue transformando en un leve murmullo, en un mascullar lejano que dejé de oír el día que cumplí quince años y metí los pies en un par de zapatos idénticos.

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