Las hermanas
decían croché, pronunciando la ch como tal y no sh como en inglés; tampoco hacían
sonar la t final. Era simplemente croché, bien remarcada la é.
Las cinco
hermanas eran señoronas, amables , risueñas , burlonas, chusmas, jocosas,
envidiosas y alegres. Ninguna conservaba su nombre real en la vida cotidiana.
Eran: “La Negra”, “La Juna”, “La Oli”, “La ñore” y “La Moja”.
Todas sabían
coser muy bien, bordar, tejer con dos agujas y, por supuesto, al croché. Una era más talentosa con las
telas, otra con los hilos, otra cocinando, pero las cinco hermanas eran
abnegadas y felices ocupándose de los menesteres de la casa.
Después de la
siesta, con los platos del mediodía lavados y la cocina reluciente, se llamaban
por teléfono. Aquel aparato negro y pesado les permitía comunicarse para
intercambiar recetas, logros familiares o penas del cuerpo. Era muy común que
una le hablara a otra para contarle lo bien que le había salido la carne al
horno con papas, el brillo que había conseguido sacarle al piso encerado, o que
estaba a punto de terminar un saquito al croché
para alguna nieta.
Aunque todas
tejían por igual, la mayor era la más habilidosa
con la aguja. Su casa oscura y polvorienta rebalsaba en carpetitas circulares hechas
con hilo finito, finito. Había más de doscientas, lo sé porque una tarde cuando
fuimos de visita las conté.
Seguramente
fue “La Negra” quien difundió la idea de hacer la bolsa, no porque se le hubiera
ocurrido, a lo mejor se lo contó una vecina, la encontró en una revista o la
vio en el programa Buenas Tardes Mucho Gusto.
Lo cierto es
que los cinco teléfonos de baquelita sonaron esa tarde para transmitir un
mensaje muy elocuente: cómo hacer una bolsa para las compras con tiras de saché de leche. La misma debía ser rectangular,
alargada hacia abajo, y debía tener dos manijas gorditas para sostener el peso.
No tenía que ser muy grande, lo suficiente para poder ir al almacén y llenar lo
del día.
Pero sí resultó
increíblemente resistente, dado que el plástico del envase anudado entre sí lograba
un tejido firme, elástico e irrompible a la vez. Con tiras de unos 3
centímetros de ancho por el largo del sachet se formaban los hilos para tejer, se
utilizaba probablemente medio punto que es un enganche en el nudito anterior,
para luego pasar la lazada del hilo, perdón, del plástico.
Solitarias,
pero hermanadas a la vez, cuando las bolsas estuvieron terminadas, cada una
salió a la calle a exhibirse del brazo de su dueña, y todas se llevaron piropos
del almacenero, orgullosas del blanco salpicado con rojo y azul, los colores
del envase de la leche más famosa. Al volver a sus casas, cada una volvía a
encontrar su lugar: colgada del ganchito detrás de la puerta, debajo de la
mesada, en el lavadero, o apoyada sobre la mesa.
Con el tiempo las cinco bolsas se
fueron deteriorando, las manijas se ennegrecieron y los bordes se carcomieron. Un
día desaparecieron, y las busqué infructuosamente detrás de la puerta y en su
lugar encontré una bolsa común de rafia rayada; debajo de la mesada había sólo
productos de limpieza; el lavadero se había transformado en una sala de ensayo,
y en la mesa había llaves y cartas con fechas de pagos.
Esas bolsas tan originales, extrañas
y mersas se habían esfumado. Y lentamente las cinco hermanas empezaban a correr
con la misma suerte.
Mi abuela y mis tías abuelas se
fueron muriendo de a poco y fueron añoradas y veneradas por diferentes motivos.
Sólo yo las recuerdo por esa bolsa , que
tantas veces me acompañó al almacén, y me raspaba terriblemente la pierna justo
donde la falda y las medias tres cuartos de strecht dejaban un hueco de piel.
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