domingo, 6 de enero de 2013

El origen


El barrio de Monte Castro se encuentra en la cuidad de Buenos Aires y limita al este con Villa Santa Rita, al sur con Villa Luro, al norte con Villa Devoto, y al oeste con Versalles. Llegar hasta allí no es fácil, es necesario conocer bastante bien los pagos, y hay que tomar dos colectivos como mínimo para arribar a cualquier punto decente de la ciudad. Confinado más allá de los barrios de Perón, se destaca por muy pocas características. El único dato curioso, (para mí) es la nomenclatura de sus calles.
Una de las avenidas principales es Lope de Vega, en honor al conocido escritor del barroco español que trascendió por Fuenteovejuna, una comedia en la que el pueblo se reconoce como tal más allá de las individualidades. Dicha avenida es una auténtica vidriera de talleres de autos, fábricas que no prosperan, negocios sucios, gomerías, etc. Recién al llegar a Devoto se torna más comercial y paseandera.
Pero lo interesante del caso no es su mínimo deseo de progreso sino su proximidad a otras calles que también poseen nombres extravagantes. A saber: hacia Versalles, la primera paralela se llama Virgilio, luego Moliere y más allá Victor Hugo. Hacia el otro lado está Calderón de la Barca, luego Cervantes. Todo parecería que ahí termina la cosa pero alejándonos un poco más, casi llegando a Liniers aparecen las calles Dante y Homero. ¡Qué gran poeta el legislador o funcionario que logró implementar tanta cultura en uno de los barrios más mersas y tilingos que puedan existir¡  Tal es la desolación y hasta vergüenza de sus habitantes, que todos los que viven allí dicen que son de Devoto o de Floresta.
Y yo no era la excepción. Me crié en la plaza Vélez Sarfiled, lindante con el reconocido hospital homónimo, jugando a ser la Mujer Maravilla tirándome desde lo alto de las hamacas y recreando en mi mente al momento de la caída,  ese sonido robótico tan definitorio de la fuerza sobrehumana de Linda Carter cuando se convertía. También me gustaba subir al tobogán por las tablas cuando al atardecer ya no quedaban niños a la vista que le daban un uso racional al juego. Al llegar a la cima era Sabrina, la morocha de Los Angeles de Charly, la más inteligente y elegante.
Otras veces patinaba torpemente con esos patines de chapa y cuatro ruedas naranjas tratando de deslizarme por las veredas de mosaicos cuadraditos o rectangulares que impedían mi avance por todos los medios. No era muy rápida ni diestra físicamente, tenía las piernas y los brazos demasiado largos y no los podía dominar.
Además siempre me llamaban la atención cosas raras. 
Como por ejemplo la vidriera de la mueblería San Genaro, pegada a mi casa, donde se exhibían muebles floripondiosos que relucían con la técnica del dorado a la hoja, con ramas y ángeles en relieve en la cabecera de una cama o el respaldo de un sillón. 
Cada tanto me sentaba en alguna cornisa para observar como los gruesos y largos pelos negros de mis pernas se asomaban impunemente por la trama de las medias blancas. Yo me bajaba y me subía nuevamente las medias para tratar de esconderlos, pero la fricción parecía darles más impulso a la herencia indígena que llevo esparcida por todo el cuerpo. 
Como no detenerme a mirar el pasillo del conventillo, el lugar prohibido al que una vez había entrado en secreto con una chica de la cuadra, lleno de malvivientes que prometían todo tipo de crímenes y pecados. 
Y la bulería, justo en la esquina de mi casa, a la que por suerte no podía acceder porque no me dejaban cruzar Lope de Vega sola. Un antro de perdición atroz, con mujeres de pantalones ajustados, pelo suelto y aros grandes que podía ver a veces desde alguna ventana del primer piso. 
Sólo se me permitía ir a los negocios honestos como la verdulería, donde el dueño se relamía a lo loco con mi metro sesenta y cinco de exultante pubertad, o la heladería  que se convertía en galletitería en invierno, cuya encargada había dejado de mirarme con ternura para escrutinarme con lisa y llana envidia.
Al llegar el verano salía a la hora de la siesta por el horror de ser brutalmente bombardeada por los chicos que jugaban al carnaval. Ni eso me salvaba, siempre terminaba avergonzada en la parada del colectivo 25 para ir a lo de una amiga.
Hasta que un día mi madre se hartó de la mediocridad del barrio. Consiguió un departamento antiguo por el mismo valor de alquiler  de esa casa inmunda que habitábamos, y así de sopetón me mudé al barrio del Once, donde conocí más miserias humanas y al amor de mi vida.

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