El barrio de Monte Castro se
encuentra en la cuidad de Buenos Aires y limita al este con Villa Santa Rita,
al sur con Villa Luro, al norte con Villa Devoto, y al oeste con Versalles.
Llegar hasta allí no es fácil, es necesario conocer bastante bien los pagos, y
hay que tomar dos colectivos como mínimo para arribar a cualquier punto decente
de la ciudad. Confinado más allá de los barrios de Perón, se destaca por muy
pocas características. El único dato curioso, (para mí) es la nomenclatura de
sus calles.
Una de las avenidas principales
es Lope de Vega, en honor al conocido escritor del barroco español que
trascendió por Fuenteovejuna, una comedia en la que el pueblo se reconoce como tal
más allá de las individualidades. Dicha avenida es una auténtica vidriera de
talleres de autos, fábricas que no prosperan, negocios sucios, gomerías, etc.
Recién al llegar a Devoto se torna más comercial y paseandera.
Pero lo interesante del caso no
es su mínimo deseo de progreso sino su proximidad a otras calles que también
poseen nombres extravagantes. A saber: hacia Versalles, la primera paralela se
llama Virgilio, luego Moliere y más allá Victor Hugo. Hacia el otro lado está
Calderón de la Barca, luego Cervantes. Todo parecería que ahí termina la cosa
pero alejándonos un poco más, casi llegando a Liniers aparecen las calles Dante
y Homero. ¡Qué gran poeta el legislador o funcionario que logró implementar
tanta cultura en uno de los barrios más mersas y tilingos que puedan existir¡ Tal es la desolación y hasta vergüenza de sus habitantes, que todos los que
viven allí dicen que son de Devoto o de Floresta.
Y yo no era la excepción. Me crié
en la plaza Vélez Sarfiled, lindante con el reconocido hospital homónimo,
jugando a ser la Mujer Maravilla tirándome desde lo alto de las hamacas y
recreando en mi mente al momento de la caída,
ese sonido robótico tan definitorio de la fuerza sobrehumana de Linda
Carter cuando se convertía. También me
gustaba subir al tobogán por las tablas cuando al atardecer ya no quedaban
niños a la vista que le daban un uso racional al juego. Al llegar a la cima era
Sabrina, la morocha de Los Angeles de Charly, la más inteligente y elegante.
Otras veces patinaba torpemente
con esos patines de chapa y cuatro ruedas naranjas tratando de deslizarme por
las veredas de mosaicos cuadraditos o rectangulares que impedían mi avance por
todos los medios. No era muy rápida ni diestra físicamente, tenía las piernas y
los brazos demasiado largos y no los podía dominar.
Además siempre me llamaban
la atención cosas raras.
Como por ejemplo la vidriera de la mueblería San
Genaro, pegada a mi casa, donde se exhibían muebles floripondiosos que relucían
con la técnica del dorado a la hoja, con ramas y ángeles en relieve en la
cabecera de una cama o el respaldo de un sillón.
Cada tanto me sentaba en
alguna cornisa para observar como los gruesos y largos pelos negros de mis
pernas se asomaban impunemente por la trama de las medias blancas. Yo me bajaba
y me subía nuevamente las medias para tratar de esconderlos, pero la fricción
parecía darles más impulso a la herencia indígena que llevo esparcida por todo
el cuerpo.
Como no detenerme a mirar el pasillo del conventillo, el lugar
prohibido al que una vez había entrado en secreto con una chica de la cuadra,
lleno de malvivientes que prometían todo tipo de crímenes y pecados.
Y la
bulería, justo en la esquina de mi casa, a la que por suerte no podía acceder
porque no me dejaban cruzar Lope de Vega sola. Un antro de perdición atroz, con
mujeres de pantalones ajustados, pelo suelto y aros grandes que podía ver a
veces desde alguna ventana del primer piso.
Sólo se me permitía ir a los
negocios honestos como la verdulería, donde el dueño se relamía a lo loco con
mi metro sesenta y cinco de exultante pubertad, o la heladería que se
convertía en galletitería en invierno, cuya encargada había dejado de mirarme con
ternura para escrutinarme con lisa y llana envidia.
Al llegar el verano salía a la
hora de la siesta por el horror de ser brutalmente bombardeada por los chicos
que jugaban al carnaval. Ni eso me salvaba, siempre terminaba avergonzada en la
parada del colectivo 25 para ir a lo de una amiga.
Hasta que un día mi madre se
hartó de la mediocridad del barrio. Consiguió un departamento antiguo por el
mismo valor de alquiler de esa casa
inmunda que habitábamos, y así de sopetón me mudé al barrio del Once, donde
conocí más miserias humanas y al amor de mi vida.
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