domingo, 6 de enero de 2013

Canción de cuna


Ya desde la puerta se hacían notar. Antes de que mi abuela les abriera, las dos mujeres golpeteaban el marco de la puerta con las uñas largas mientras se reían a coro.
- Vamos, tía, que se hace de noche y sale el lobo…- decía una, y la otra festejaba tentada de risa. Mi abuela arrastraba los suecos ortopédicos del doctor Schultz hasta llegar a la entrada y abrirles la puerta.
- ¿Va a llover esta noche, tía? ¿Qué te dicen los tobillos?-preguntaban risueñas. Mi abuela decía que cuando sentía tirones en lo pies, era porque iba a llover.
-Hola linda, ¿cómo andás, te quedás a dormir con los abuelos?- me preguntaron al verme las dos mujeres.
-Sí- contesté yo. Quería hablar más, comentar la burla sobre los pies, o algo, pero yo era muy tímida y los monosílabos me bastaban.
- ¡Que rica que está esta chica, tía!-
- Es igualita a vos, alta y flaca, ¿no?- Y ahí volvían las carcajadas unánimes, ahora también de mi abuela que era petisa y regordeta.
- ¡Paren que me piyo encima!- decía ella con tono de reto y así seguían sin parar hasta acomodarse en la cocina.
Mientras yo terminaba el postre, llegaba mi abuelo, que sí era alto y flaco y que parecía más bueno en presencia de las dos invitadas.
Una de las mujeres sacaba de su cartera un pedazo de paño lenci verde oscuro y lo ponía a modo de mantel sobre la mesa y ahí mi abuelo apoyaba la botella de ginebra y los tres vasitos. Esa era la señal de que yo me tenía que ir a dormir.
Metida en el medio de la cama matrimonial disfrutaba de las vulgaridades que le gritaban las dos mujeres a mi abuela mientras ella lavaba los platos.
Hasta que empezaban los ruidos más fuertes producto de varios de esos vasitos vaciados y vueltos a llenar. Gritos de aliento o envidia por la suerte ajena, insultos, muchos insultos hacia los dados y los números que arrojaban. Que el siete es bueno, que cuatro puto, que dos de mierda.  También decían mucho culito, y eso era lo único que yo entendía, significaba que el dado tenía que girarse y valía el número opuesto, siempre y cuando lo gritaran antes de levantar el cubilete marrón de cuero.
Entre cada chiste, escuchaba la voz ronca de mi abuelo quejándose por la mala suerte que estaba teniendo. Como jugaban por plata, (y mi abuelo siempre perdía), las puteadas seguían y seguían mientras yo me iba durmiendo.
Al rato, la silueta de mi abuela aparecía sentada sobre el borde de la cama. Medio dormida, medio despierta, le veía el enagua rosa clarito con breteles de puntilla, y le hacía un lugar para que se acueste al lado mío.
-Seguí durmiendo- me decía palmeándome el hombro, mientras se levantaba de su noche entrecortada. Se ponía el batón, los suecos de madera, y salía de la pieza a enfrentarse con el frenesí de la generala matutina.
Yo me acomodaba nuevamente y viendo un rayito de luz por la rendija de la persiana comprendía que la noche ya había pasado, y que me quedaban unas horas más de sueño mientras las voces de la timba se iban apagando y la ginebra se terminaba.

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