Ya
desde la puerta se hacían notar. Antes de que mi abuela les abriera, las dos mujeres
golpeteaban el marco de la puerta con las uñas largas mientras se reían a coro.
-
Vamos, tía, que se hace de noche y sale el lobo…- decía una, y la otra
festejaba tentada de risa. Mi abuela arrastraba los suecos ortopédicos del
doctor Schultz hasta llegar a la entrada y abrirles la puerta.
-
¿Va a llover esta noche, tía? ¿Qué te dicen los
tobillos?-preguntaban risueñas. Mi
abuela decía que cuando sentía tirones en lo pies, era porque iba a llover.
-Hola
linda, ¿cómo andás, te quedás a dormir con los abuelos?- me preguntaron al
verme las dos mujeres.
-Sí-
contesté yo. Quería hablar más, comentar la burla sobre los pies, o algo, pero
yo era muy tímida y los monosílabos me bastaban.
- ¡Que rica que está esta chica, tía!-
- Es
igualita a vos, alta y flaca, ¿no?- Y ahí volvían las carcajadas unánimes,
ahora también de mi abuela que era petisa y regordeta.
- ¡Paren
que me piyo encima!- decía ella con tono de reto y así seguían sin parar hasta acomodarse en la cocina.
Mientras
yo terminaba el postre, llegaba mi abuelo, que sí era alto y flaco y que
parecía más bueno en presencia de las dos invitadas.
Una
de las mujeres sacaba de su cartera un pedazo de paño lenci verde oscuro y lo ponía
a modo de mantel sobre la mesa y ahí mi abuelo apoyaba la botella de ginebra y
los tres vasitos. Esa era la señal de que yo me tenía que ir a dormir.
Metida
en el medio de la cama matrimonial disfrutaba de las vulgaridades que le
gritaban las dos mujeres a mi abuela mientras ella lavaba los platos.
Hasta que empezaban los ruidos más fuertes producto de varios de esos vasitos
vaciados y vueltos a llenar. Gritos de aliento o envidia por la suerte ajena, insultos,
muchos insultos hacia los dados y los números que arrojaban. Que el siete es
bueno, que cuatro puto, que dos de mierda. También decían mucho culito, y eso era lo
único que yo entendía, significaba que el dado tenía que girarse y valía el
número opuesto, siempre y cuando lo gritaran antes de levantar el cubilete
marrón de cuero.
Entre
cada chiste, escuchaba la voz ronca de mi abuelo quejándose por la mala suerte
que estaba teniendo. Como jugaban por plata, (y mi abuelo siempre perdía), las
puteadas seguían y seguían mientras yo me iba durmiendo.
Al
rato, la silueta de mi abuela aparecía sentada sobre el borde de la cama. Medio
dormida, medio despierta, le veía el enagua rosa clarito con breteles de
puntilla, y le hacía un lugar para que se acueste al lado mío.
-Seguí
durmiendo- me decía palmeándome el hombro, mientras se levantaba de su noche entrecortada. Se
ponía el batón, los suecos de madera, y salía de la pieza a enfrentarse con el
frenesí de la generala matutina.
Yo
me acomodaba nuevamente y viendo un rayito de luz por la rendija de la persiana
comprendía que la noche ya había pasado, y que me quedaban unas horas más de
sueño mientras las voces de la timba se iban apagando y la ginebra se
terminaba.
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